La belleza de intentarlo
Recibí un mensaje de Mar en una noche cualquiera de octubre: “Mañana desayunamos juntas, ¿te apetece?”
A las 9:36 h de esa mañana, Martí me escribe: “¿Nos vemos para desayunar?”
Y ahí estábamos en una cafetería en Bali (de todo menos fancy) junto con unos amigos y, hablando, coincidimos en algo: debemos intentar llevar la vida, las relaciones y el tipo de trabajo que nos haga feliz aunque no sea lo más común en nuestro alrededor.
Y ahí estamos, intentándolo.
Intentándolo aunque nos llamen locos.
Intentándolo aunque digan que es arriesgado.
Intentándolo aunque digan que es pronto, que mejor algo seguro o que “¿y si todo se acaba mañana?”
Pero, ¿y si lo que se acaba mañana es la vida o las ganas de seguir viviendo?
Si hay algo de lo que merece la pena sentirse orgulloso es de intentarlo.
Intentamos levantarnos de la cama aunque nos pese el edredón en invierno y nos estire con más fuerza que la gravedad.
Intentamos elegir la mejor ropa, tener la mejor cara, para el día aunque lo único que querríamos esa mañana es seguir en pijama sin hacer nada.
Nos obligamos a socializar aunque la soledad nos resulte un refugio más confortable.
Intentamos vivir incluso cuando vivir parece una pérdida de tiempo. Cuando crees que no tienes siquiera razones y tu mundo se desmorona a cada paso.
Intentamos tener la vida que deseamos yendo contracorriente de lo que la sociedad te insta a hacer.
Esas pequeñas cosas que hacemos para comprobar si aún queda una chispa de vida, de emoción, son, en realidad, la propia esperanza.
Son el combustible de la mente y del corazón.
Nos recuerdan que, incluso en nuestra peor versión, seguimos siendo alguien: alguien que lo intenta.
Y eso ya es suficiente.
Puede que hoy no seamos alguien grande, pero estamos intentando serlo. Y eso, que quieres que te diga, a mí me parece precioso y valiente.
Porque también existe una belleza intrínseca en el proceso, en el “mientras tanto”.
Nos empeñamos en en ser nuestra mejor versión, en focalizarnos en el resultado y los objetivos. Nos olvidamos de que lo bonito está en el camino para llegar hasta ahí.
Porque conseguirlo o no, no nos da más valor.
¿Cuánta gente simplemente anhela algo que no intenta?
¿Cuánta gente es recelosa de lo que otros han conseguido y lo critican sin siquiera haber intentado abrirse paso entre la maleza?
Tener la fuerza de intentarlo aun sabiendo que puede salir mal, es un bien preciado y poco reconocido.
Somos humanos.
Y, obviamente, habrá días que intentarlo será lo último que nos apetece.
Está bien. Date tiempo y descansa.
Tienes un privilegio que pocos tienen: la libertad.
La libertad de ser quien quieras ser, encontrar tu camino y construirlo.
La libertad de rodearte de un entorno que te ayuda a crecer, te motiva y en el que puedes ser tú sin condiciones.
La libertad de no dejarte llevar por tus pensamientos intrusivos descontroladamente.
La libertad de soltar eso que pesa demasiado.
Si hoy no puedes intentarlo, está bien.
El sol volverá a salir mañana, y la luna también aparecerá, aunque solo a medias o, incluso, habrá noches que será casi imperceptible, pero estará.
Y cuando sea un poco más liviano (aunque sea ínfimamente) ahí está, vuelve a aparecer, vuelves a seguir, vuelves a intentarlo.
Intentar nos expone a lo extraordinario de la vida. A romper la monotonía. A volver a jugar.
Nos deja ver, aunque sea entre bambalinas, lo que significa vivir.
Claro que es más fácil decirlo que hacerlo, sobre todo en los días vulnerables.
Tropezaremos.
Nos haremos más heridas de las que ya llevamos encima.
Y no sabremos a dónde nos llevará cada intento, pero estoy casi, casi, segura de que nos alejará del arrepentimiento.
Dejar una huella (o intentarlo) está en tu mano.
Que tu legado más preciado sea haber sobrevivido intentándolo.
Y haber vivido, de verdad, antes de morir.
Mientras la tierra siga girando, seguiremos intentándolo.
Una y otra vez. Ahí reside la belleza de proceso.
✨ Pequeñas cosas bonitas de esta semana
Los desayunos de un viernes cualquiera (y un martes y un miércoles)
Lo que nos sigue maravillando una puesta de sol en cualquier lugar del mundo
Conocer a Mar
Las risas infinitas
El 88 %
Perdernos en moto por las carreteras de Bali y empaparnos bajo la tormenta
Las charlas intempestivas con Andrés (y que viniera hasta Bali solo por reencontrarnos)
Sentir que la distancia no es una piedra, es un motivo más para intentarlo
La barbacoa en casa de Alonso
Conocer a Raúl
Sentirme afortunada porque la vida es maravillosa
Motivarme como hacía tiempo con nuestros proyectos
Los partidos de pádel (y el coco fresquito de después)
¿Lo volvemos a intentar mañana? Espero que sí.
Desde tierras balinesas,
P.D.:
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